lunes 9 de enero de 2012

Someday This Will Be Funny (2011), Lynne Tillman



"Una idea sencilla"

Ocurrió hace mucho tiempo. Mi mejor amiga vivía en Los Ángeles y hablábamos mucho por teléfono. La animé a que viniera a vivir a Nueva York y al final lo hizo. Atravesó el país en coche y cuando llegó le dijeron que no se preocupara por los tiques de aparcamiento de California que tenía por valor de 10.000 dólares. Le habían explicado que no había régimen de reciprocidad entre los dos estados, por lo que no había manera de que se descubriera la situación ilegal del automóvil. El chico que se lo contó le dijo que era policía. Se conocieron en un bar y después se acostaron. Bueno, eso creo.

Durante una temporada, mi amiga empezó a acumular alegremente los recibos de estacionamiento de Nueva York. Los metía en la guantera. Supongo que en una época la gente guardaba allí los guantes. Cuando ya no quedaba sitio, los empezó a tirar al suelo. Entonces decidió que sería mejor buscar una plaza en un garaje pero no quería pagar cientos de dólares por ello.

Un día descubrió un aparcamiento cerca de su casa. Una gruesa cadena con candado impedía la entrada. Una semana después vio entrar a un hombre. Había abierto la puerta con una llave. Se armó de valor y le preguntó si podría aparcar allí a cambio de dinero. Él le contestó que lo pensaría. Al día siguiente la llamó y le dijo que sí. Cada mes mi amiga le entregaba cincuenta dólares dentro de un sobre blanco. Era ilegal pero al menos no amontonaba tiques del ayuntamiento que terminaba tirando al suelo del coche.

Estaba relativamente contenta o por lo menos se sentía aliviada porque tenía algo menos de lo que preocuparse. Sin embargo al cabo de un tiempo empezó a pensar que algunos conductores (unos hombres que trabajaban en el edificio de al lado) se la quedaban mirando raro a ella y al coche. Me contó que tenían aspecto amenazador. Aunque la verdad es que ella era paranoica. Como lo sabía, decidió no guiarse por sus sospechas. Como siempre pasó el tiempo.

Una tarde recibió una llamada de un hombre que se identificó como policía. La saludó, se dirigió a ella por su nombre y, severo, le preguntó:

—Sandra, ¿aparca el coche de manera ilegal? Porque si es así y no lo saca de inmediato del lugar, le doy diez minutos, tendré que detenerla.

Ella colgó el teléfono, se puso el abrigo, corrió al estacionamiento y se llevó el coche lejos. Entonces me llamó y me contó lo que había pasado. Estaba aterrorizada. Pensaba que el poli aparecería en cualquier momento y la arrestaría. Que la metería en la cárcel.

—No era ningún policía.

—¿Cómo lo sabes?

—No te hubiera llamado para advertirte.

Sin embargo me preocupaba equivocarme y que la pudieran detener.

—Y no te daría una segunda oportunidad porque, a menos que sean corruptos, no te las dan si haces algo de manera ilegal y se enteran. Ni te hubiera dicho «soy poli». Se hubiera identificado con su nombre, rango o algo así.

Ella, enfadada por lo tranquila que yo me mostraba, me escuchaba pero no la convencí ni se quedó satisfecha. Pensaba que podía estar bajo vigilancia y que al final la acabarían pillando. Debía miles de dólares en tiques de aparcamiento en dos estados. Quizá se trataba de una compleja operación policial. Tenía que convencerla de que no corría el riesgo de ir a la cárcel. Le expliqué que tenía una idea y colgué.
Era sencillo. Iba a llamar a una comisaría para preguntar cómo se identifica un poli por teléfono. Así me enteraría del protocolo, que no era como lo que había hecho el supuesto policía, disiparía los miedos de mi amiga y además le demostraría que me tomaba en serio su ansiedad.

Busqué números de teléfonos en el listín y elegí uno del West Village, donde pensé que estarían acostumbrados a tratar con preguntas poco corrientes.

—Comisaría número 10, sargento Molloy.

—Hola, querría preguntar algo.

—Dígame.

—¿Cómo se identifica por teléfono un policía?

—¿Qué quiere decir?

—Si te llama un poli, ¿qué te dice?

—¿Qué quiere decir con «qué te dice»?

—Pues que cómo se identifica como policía. ¿Cuál es la manera oficial?

El agente se quedó callado unos segundos.

—Un policía la llamó. ¿Qué le dijo? ¿Qué quería?

—No, a mí no, a una amiga.

—¿Qué le dijo a ella?

No podía colgar porque me quedaría sin la información que quería. Si lo hacía, Molloy podría localizar la llamada. Me metería en líos por molestar a la comisaría, lo cual sería totalmente irónico.

—Le dijo... Le dijo: «Hola, soy la policía».

—Ya. Y, ¿qué más?

Yo no quería contarle la historia ni darle el nombre de mi amiga ni explicarle lo de los tiques en los dos estados ni que había aparcado el coche ilegalmente ni que había sobornado al tipo del aparcamiento. Pero tenía que ponerle en situación para que me diera la información que necesitaba.

—Le dijo: «Hola, Diana. Soy la policía». Y después añadió: «Diana... Diana... ¿Ha hecho algo mal últimamente?»

Se produjo un largo silencio.

—¿Ha hecho algo mal últimamente? —repitió Molloy.

Sonaba raro que la pregunta saliera de un poli. Mientras él ponía en orden sus ideas, yo mantuve la respiración.

—Un agente de policía no diría eso —contestó seriamente—. Un agente de policía no diría eso.

—No, es cierto —repetí con la misma gravedad.

El poli volvió a pensar durante un rato más.

—Oiga, quiero que si su amiga vuelve a recibir esas llamadas, me avise. Porque un policía no debería hacer eso. —Su voz se apagó—. Ese tío se está haciendo pasar por un agente.

—Sí. Estoy segura de que no... Seguramente no la volverá a molestar. Pero si lo hace, le llamaré enseguida, se lo prometo.

—Sí, por favor —insistió Molloy.

—Lo haré. Gracias.

—Sí.

Puede que Molloy no se lo tragara pero me siguió la corriente hasta el final.

Llamé a mi amiga y estuvimos hablando durante horas, riéndonos de la locura que fue decirle a un poli «¿Ha hecho algo mal últimamente?», con todas las implicaciones que eso tenía. También nos reímos de cuando salió corriendo al aparcamiento, se metió apresuradamente en el coche y como si la persiguiera el diablo se alejó para encontrar un sitio donde aparcar correctamente.

Quizá nos persiguiera a las dos porque durante un año nos reímos de vez en cuando, con el tiempo menos cosas nos hacían gracia y al final, nada. No sé, empezamos a desconfiar la una de la otra y dejamos de ser amigas. Puede que Molloy fuera el último en reír.

Traducción de Montse Meneses de "A Simple Idea", relato incluido en Someday This Will Be Funny.

2 comments:

Mara dijo...

No había leído nada suyo y me ha gustado. Gracias por el trabajo de traducirlo.

Por cierto, siempre me olvida decir lo fan que soy de tus uñas. De mayor quiero dejar de mordérmelas y tenerlas largas.

Pisycaca dijo...

¡Gracias a ti por leerlo!

Esta colección de cuentos es lo primero que he leído de L.T. Vale la pena, pero no se ha traducido nada en España.

Para las uñas el secreto es pintártelas ;-)